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sábado, 11 de junio de 2011

Improvisando carcajada


"Porqué te enojás tanto, si vos ya me habías engañado un montón de veces?

Sí, pero nunca durante tanto tiempo!"


Ésas respuestas son las que traen la risa en medio del dolor.

miércoles, 2 de marzo de 2011

Esas malditas costumbres (completo)

“(…) desnuda para nadie.”

J.C.

A ella le molesta que la despierten cuando está muy cansada. Le gusta estar sola en su casa, prender sahumerios y velas, y así darle tiempo a su alma para curarse. ¿Curarse de qué? Ella tenía la certeza de que su corazón iba a explotar un día cualquiera. Por eso creaba ambientes seguros y tranquilos, donde pudiera escucharlo latir. Entablaba una pelea constante con su propia oscuridad. Por eso, o quizás no, ella es de las que cortan los alfajores con cuchillo. Toma té mientras llora todas las noches, por eso tiene un rollo de servilletas de papel al lado de su cama. Entredormida entre la tinta azul y el rojo pelo y la música y ese cansancio tan pero tan gris.

“Voy a tener que insistir: prefiero vivir rompiéndome la cabeza contra las paredes antes que ser una persona tibia. No soporto a la gente que no se posiciona, porque eso significa que no siente pasión…”

Todo el tiempo tenía miedo de tener bichos en la espalda. Así, sin denominación, bichos. Por más que el médico, los parientes, el bañero en la playa le aseguraban que nada estaba anidando en su piel joven, ella aseguraba que algo “le caminaba de arriba abajo, haciéndole cosquillas.” Su imaginación, demasiado vívida para los psicólogos, la llevaba de la mano hacia las pesadillas más horrendas. Despertaba empapada en sudor frío, en medio de un grito, de una mano que salía de la oscuridad, del ataque del monstruo casi humano. La noche la encerraba entre sábanas donde jamás se sintió a gusto. Sólo lograba salir del embrujo de los sueños cuando descifraba sus claves: en cada grieta inconexa, en cada giro inesperado, se escondía una palabra, un acertijo que ella debía rearmar como un rompecabezas maldito. Más de una vez sintió que no lo lograría; en ese otro mundo el tiempo siempre acuciaba, porque el persecutor de turno no tardaría en aparecer o ya estaría intentando arrancarle las manos y el corazón. El precio a pagar era demasiado alto: perder los miembros, y quedar atrapada en ese limbo de interminable niebla gris, del cual no había escapatoria posible. La suerte y el ingenio le habían dado agilidad –con el paso de las noches- para correr de sus cazadores y desencriptar a la vez los confusos códigos que le daban: casi siempre eran laberínticos juegos de palabras. Tal vez su condena se debiera a sus usuales caídas en entresueño que la atacaba mientras escribía. Las dulces ovejitas la arrollaban en una estampida que la dejaba inconsciente y vulnerable como un niño pequeño.

-“Así se desangra cualquiera.”- pensaba, mientras se deslizaba por la madriguera del conejo, Irene Alicia, espejo de sí misma en un plano desfasado de su cama de dos plazas.

“Asociaciones ridículas. En mi sueño, vos hablando y hablando sin parar sobre ‘la mendocina’ y yo que pienso en Mendoza –el virrey de México, que se atribuyó la conquista sin mover un dedo- y vos sos ‘la conquistadora’ por excelencia, siempre jugando a ser lo que no, creando méritos inexistentes…”

Escucha voces lejanas que no saben indicarle el camino. Teme que si duerme con un gato (o mejor como un gato) acurrucada entre las sábanas, no la acepten; que su vida bohème no sea de su agrado, porque a cada rato se sale de la caja en la que la pusieron. Para ella las respuestas son siempre el problema a la vez que la solución, es imposible arrancarlas de raíz. Quiere que su pelo se convierta en pelo de gato. Irene está enojada porque el nuevo edificio que construyeron en la manzana de su departamento pequeño le obstruye el sol del atardecer, la mejor hora para sentarse en la ventana. Cree que destruir se parece a descubrir, pero crear armatostes para tapar el sol, no le agrada. No quiere caminar con el corazón en las manos, se lo destrozaron más de una vez y prefiere esconderse. Como los bichos en su espalda.

“Qué me hace feliz? Música, la música me relaja. Pero vos. La satisfacción del trabajo bien hecho. Pero vos. Una noche de brisa tibia y olor a lluvia, perfecta para gualichos. Pero vos. Una carta perfecta. Pero vos. La idea para un nuevo relato. Pero vos..”

Le arde la boca del estómago. Quiere encontrar una brecha en la costumbre que la ahoga, tan simple como encontrar un titular ridículo, o crear el suyo: mujer muere aplastada por un televisor. Está harta de las preguntas retóricas y los límites. De los tubos fluorescentes y la presión ocular. De los plazos, el dinero y la pelusa. De los ángeles y las princesas en torres inalcanzables.

Vomita tinta antes de dormir otra vez. Es sólo una cuestión de líneas paralelas: si por la mañana los vómitos son literales, por la noche deben ser metafóricos. Quiere sacarse de la sangre este veneno que siente lo infecta todo, lo vuelve espeso, sin excepciones. Su guerra con las palabras es su exorcismo, una sangría que la agota. Quiere encontrar su propio mandala, al igual que Julio, aunque sabe que el agua de su río es turbia aún. Presiona botones intencionalmente, sabe que su zoé jamás existirá si no se lanza al abismo que la espera, oscuro y tan prometedor.

“Y así, maquillada, perfumada y desnuda por dentro me quedo a esperarte mientras la luz de la tarde desaparece, donde el cielo se vuelve anaranjado. Sé que no vendrás.”

A ella le encanta el olor del té. Especialmente el de jazmín. Le fascina el cine, donde se entrega completamente a una catarsis de dos horas. Prefiere que no le hablen apenas se despierta; siempre le costó pasar del inconsciente al consciente, y bajar los pies de la cama. A veces se queda dormida en las plazas, sobre todo los domingos soleados. Odia los miércoles. No puede comer comida chatarra: su estómago se queja durante días. El malhumor tarda horas en despejarse de la comisura de sus labios, en esos días en que cada molestia mínima la saca de sus casillas. O de su equilibrio, como dice ella. A ella algunos días le duele estar viva. Acaso respirar sea una tarea titánica algunas mañanas, el vapor en la ducha hirviente es una constante para la mujer frágil que se piensa.

“Sueño con deslumbrarte alguna noche con un disfraz que no se parezca en nada a la imagen que te hiciste de mí. Puedo jugar a ser lo que yo quiera, sólo tenés que darme la oportunidad.”

Mientras saboreaba un cóctel explosivo de jugo de naranja con lágrimas, pensó que ese invierno duraría para siempre, que sus manos se congelarían y dejaría de escribir. No sabe divertirse, tiene miedo. Miedo de todo. Miedo de lo que puede ser si decide mutar otra vez, sacarse la piel de serpiente-conejo y liberarse de ese cuerpo que odia y ama, que la ata a lo que no desea. Ese invierno plagado de sueños reales, realidades ilusorias e ilusiones volátiles. Ella quiere liberarse. Pero no sabe. El mundo le parece ridículo por momentos, se siente desapegada de todo lo material, como si le fuera posible salirse de su cuerpo y mirar alrededor desde un lugar que no son sus ojos, tocar desde una vibración que no son sus manos. Ninguna canción le habla, está fuera de alcance de cualquier radar, más allá de las palabras. Las ondas que emite son mínimas, tan pequeñas que no superan su espacio personal. Una pregunta ronda en su cabeza continuamente: ¿Por qué cambié algo tan importante para mí por otra persona? ¿Por qué permití que mis valores se trastocaran en el supuesto nombre del amor? Desea, desea ante todo recuperar aquello que perdió, volver a encontrar su esencia, aquella sensación de paz que conoció en algunas noches de verano durante su adolescencia.

“Me escapé. De ella, del lugar, de la cotidianeidad, del ruido, de las charlas banales, del enojo y la preocupación, de la compañía que no es placentera. Pero sobre todo me escapé de lo que me dolió cambiar mi esencia por otra persona. Es hora de mutar a mi original otra vez, de volver a ser.”

sábado, 7 de noviembre de 2009

Un fragmento nuevo


Escucha voces lejanas que no saben indicarle el camino. Teme que si duerme con un gato (o mejor como un gato) acurrucada entre las sábanas, no la acepten; que su vida bohème no sea de su agrado, porque a cada rato se sale de la caja en la que la pusieron. Para ella las respuestas son siempre el problema a la vez que la solución, es imposible arrancarlas de raíz. Quiere que su pelo se convierta en pelo de gato. Irene está enojada porque el nuevo edificio que construyeron en la manzana de su departamento pequeño le obstruye el sol del atardecer, la mejor hora para sentarse en la ventana. Cree que destruir se parece a descubrir, pero crear armatostes para tapar el sol, no le agrada. No quiere caminar con el corazón en las manos, se lo destrozaron más de una vez y prefiere esconderse. Como los bichos en su espalda.

“Qué me hace feliz? Música, la música me relaja. Pero vos. La satisfacción del trabajo bien hecho. Pero vos. Una noche de brisa tibia y olor a lluvia, perfecta para gualichos. Pero vos. Una carta perfecta. Pero vos. La idea para un nuevo relato. Pero vos..”

viernes, 7 de noviembre de 2008

Más allá. Capítulo 2


Lo que siguió a esa tarde fue completamente natural. Ella perdió la vergüenza de a poco, dejó de usar tantas ropas negras –sus colegas le decían “la viudita”- y las reemplazó por otras, rojas, blancas, verdes, faldas informales, remeras con dibujos. Su transformación era notable y sin embargo escondía, a cualquiera que le preguntase, las verdaderas causas de su cambio. No se sentía lista todavía para abrir sus sentimientos al mundo, y sin embargo se despertaba cada día con un solo pensamiento: se estaba enamorando, lentamente, y se dispuso a disfrutar cada segundo del proceso. Algunas cosas jamás se moverían. Quería hacer de éste un amor cuidado, maduro; la impulsividad de la adolescencia había quedado atrás hacía mucho tiempo, y la posibilidad de encontrar una mujer con quien compartir la vida la llenaba de entusiasmo. Sería ésta la oportunidad tan esperada?
Nunca se había preocupado tanto por otra persona. Sus amores habían sido fugaces, impulsivos y llenos de confusiones que sólo le causaron miedo y dolor. Ahora sentía, presentía que ella era distinta, que estaba lista para arriesgarse, para hablar en serio por primera vez. Se miró al espejo, comprobó que su vestido nuevo combinara con los zapatos que compró para esa noche. La flaca llegaría en veinte minutos, se habían prometido no hablar de nada serio en el camino al restaurant, querían olvidarse del mundo por un rato, cenar y postre, nada de bailes: ella buscaba la tranquilidad de un abrazo. Seis meses exactos desde el primer café, recordar los nervios y las palabras en voz baja, la flaca que se reía cada vez que ella enrojecía de vergüenza, “pero no, muñeca, si esos ojos brillan tanto, no los cierres nunca…”. Le devolvió el cumplido con una caricia, llegó la hora de pedir la cuenta y salir, caminar por la ciudad iluminada.
-Dónde podemos ir a ver las estrellas?- preguntó ella. Sólo deseaba retardar el adiós, retener a su lado esos labios que ya sentía suyos (era amor? Ya podía decirlo de esa manera?)
-Bueno… hay un lugar cerca, un parque…-. La flaca la miró extrañada, y luego entendió. La tomó de la mano, y llegaron al lugar cerca de la medianoche. Encontraron un banco y juntas se quedaron ahí abrazadas, mirando al cielo en silencio. Ella esperó por una estrella fugaz para entregarle su deseo, pero no encontró ninguna, y decidió rogarle a todas que cuidaran éste recién nacido amor que llevaba sobre su pecho, y que se había convertido en la razón para levantarse cada mañana.
Estaba inquieta. No quería perder el momento, arruinarlo hablando: pero eso que sentía se le iba a explotar entre las manos si no se desahogaba. Y qué mejor situación para hacerlo que ésa? Demasiada cursilería, se dijo. Pero se detuvo de repente al ver que la flaca la miraba extasiada: ella había estado gesticulando sin darse cuenta, mientras la observaban con una sonrisa burlona apenas esbozada.
-Porqué me mirás así?-
-Estabas hablándote sola, y haciendo caras…-
-Lo sé, es que tengo que decirte algo.-
-No me asustes, muñeca. ¿Pasa algo?. ¿Hay algo que te moleste?-. Semejante anuncio la dejó perpleja: no sabía qué esperar.
-No… es que… desde hace un tiempo que…-
Ella hablaba muy poco, y la flaca esperó a que terminara la frase. Sabía que no podía presionarla, que a ella las palabras le salían en los últimos segundos antes de estallar, a chorros, como un géiser; lo mejor era dejarla ordenarse y ser paciente.
-Sabés que no me gustan las etiquetas, que nunca hablamos de una relación seria pero, yo te amo…-
Jamás se lo dijo a otra mujer, y por un momento le ganó el pánico. Pero la sonrisa de la flaca y los besos con los que le cubrió la cara le hicieron comprender cuánto valían las palabras que acababa de pronunciar. Sintió en el corazón una tibieza líquida, como si la envolviera una ola de un mar de verano.
-Yo también te amo.-
Lo entendió. Era feliz junto a ella, y ya podía dar el siguiente paso.


Escrito 22-10-08

sábado, 18 de octubre de 2008

Más allá. Capítulo 1


Ella la conoció un día frío de julio, de ésos que congelan la nariz. Absorta en el diario, levantó la cabeza y la vio: una morocha flaquita, tan flaquita que sus rasgos se le antojaron un tanto andróginos; la mandíbula marcada, los ojos grandes.
-Hola.
-Hola- le respondió la flaca, sonriendo. –Tenés fibrones verdes?
-Sí- contestó, ella nerviosa, sentía que se le enrojecían los pómulos. –Son dos cincuenta- y mientras se lo alcanzaba notó que la flaca tampoco podía mirarla fijo, la torpeza de las manos en la billetera.
Ese día no se dijeron nada; tampoco al siguiente, ni al otro. Tomó un tiempo que se animaran a mirarse sin vergüenza, a dirigirse palabras en un rápido cruce de ojos. Si hubiese sido por ella, jamás hubiera abierto la boca. Pero la flaca no aguantó más y se animó. La esperó un día a la salida para invitarla a tomar un café, té, lo que gustara. Ella temblaba de los nervios, pensando que podía no gustarle su camisa, su forma pausada de hablar, el maquillaje oscuro. Pero la flaca se portó tan bien, casi como un caballero: hablaron de la vida, el trabajo, los libros en común. Ni se mencionaron lo más importante, eso que las dos escondían y que en medio de un café hubiera abierto una brecha innecesaria, un momento incómodo. No hacía falta expresar el deseo, los gestos decían todo, y ellas sabían que estaba ahí, esperando.
A medida que pasaron los días y los cafés en el bar de la esquina, algo empezó a cambiar en ella, estaba contenta, feliz por nada, sonreía en la calle, se le salía la primavera por los poros. Había encontrado a su cómplice en silencio, alguien con quien hablar y ser ella sin necesidad de gritar su secreto. Cuando le sonreía, se sentía entendida y segura.
Hasta que el verano trajo el calor, el viento tibio y la lluvia, y llena de sentimientos que la abrumaban, ella se animó a hablar. La flaca la estaba esperando afuera como siempre, con sus zapatillas rojas, el jean rotoso y el pelo desordenado.
-Querés venir a mi casa?-. La pregunta se le escapó en un susurro, temerosa de la respuesta, casi como pidiendo permiso para hacer ruido. La flaca sonrió, y al ver la ansiedad en los ojos de ella le preguntó:
-Estás segura?-.
Ella asintió sin pensarlo, sin acordarse de los reparos que había puesto hasta ese momento, del miedo que la había atormentado al soñar con esa pregunta. Caminaron juntas, sólo eran un par de cuadras, hablando del calor y las prontas vacaciones. La flaca se rió cuando ella creyó haber perdido la llave mientras le temblaban las manos que revolvían el bolso.
-Pasá, sentite como en tu casa-. La invitó a recorrer el lugar, pequeño y cómodo, mientras le convidaba un mate dulce, tan dulce porque a ella se le cayó el azúcar. Se excusó, escuchó que la llamaban distraída en una risa ahogada, una risa que intentaba arrancarla de su estado nervioso. Ella mantuvo la distancia formal, el espacio entre los cuerpos, para evitar cualquier choque o roce. Pero cuando se tiraron en el sillón (el mate en el medio) supieron que no podían escapar de lo inevitable, ella le quiso mostrar unos libros y la flaca le dijo que no se fuera, que se quedara en el sillón con ella, que se los mostraba después. Ella sintió la mirada de la flaca en su boca, en su cuello, recorriéndola, y no se atrevió a devolvérsela (aunque lo deseaba, aunque anhelaba encontrar un gesto que correspondiera a tantos meses de consumaciones tácitas.)
La flaca, tan caballerosa como siempre, se limitó a contemplarla sin acercarse un centímetro. Ella dudaba. Si se atrevieron hasta ese punto, porqué no seguir?. Tantos cafés y té en la esquina, habían llegado a conocerse bastante bien; hasta había fantaseado con rozar sus labios sobre la piel morena de la flaca, tan tentadora, tan cercana. Pero… Pero… Algo la frenaba, algo le decía que estaba sintiendo demasiado, que su corazón iba a estallar.
-Tenés miedo?- sintió que le preguntaban, y su cara respondió por ella. Sólo es cuestión de animarse, se dijo. Tomó la mano izquierda de la flaca y se la llevó al corazón. Aún no quería mirarla a los ojos, aún no. Pero la flaca movió la mano hacia su barbilla, y la obligó a levantar la cara.
-Muñeca, le dijo, yo siento lo mismo que vos. También tengo miedo.
El silencio que siguió les cortó las gargantas, y ya no pudieron decir nada más.