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lunes, 4 de marzo de 2013

Ingrafiable


La posibilidad de ser
todo, se perdió entre
miedos al sol y alegrías
oscuras, pendulares,
amores no deseados,
desconfianza en frascos,
la incómoda espera.
A la distancia
en cielos brillantes
inmensos, inestables
intentaron otra vez
encontrar consuelo.
Se analizaron lúcidos,
ella puro deber;
se debatieron molestos,
él no querer ceder.
Incompatibles puentes
se acusaron por igual:
cobarde silencio y
lágrimas desmedidas.
Él le pidió su tinta,
ella le rogó su sangre.
Si podrían amarse,
preguntaron susurrando.
No hubo respuesta.


Proyecto terminado, corregido y a publicar =)

domingo, 24 de junio de 2012

Inasible


Ella se compró un gato y sus reacciones se volvieron más instintivas. La planta que él le había regalado –la de las flores color naranja-, murió devorada por tres orugas horrorosas. Él jamás se enteró de que la tiró a la basura. No se enteró de nada más, porque no lo deseaba: en algún punto sabía que sus sentimientos por ella se habían retorcido en una maraña de resentimiento, envidia y tardes imposibles. Ella se imaginó que él había tirado todas sus cartas, y no pudo contener una lágrima. La muerte de las palabras siempre la había entristecido. Al final entendió que la ira era un motor poderoso, pero imposible de mantener a largo plazo. Él se arrojó a la rutina que siempre había odiado, de cabeza y sin pensarlo, porque no había otra opción. Y así empezó a mostrar a los dientes ante la menor turbulencia. La música ya no lograba calmarlo, sólo en soledad y silencio escuchaba su propio latir. Hubiera querido arrancarse de encima la duda de lo que podría haber sido; ella lo deseaba también. 




miércoles, 18 de abril de 2012

Insurrecto

Todo lo que la asusta le socava los pulmones. Todo lo que la persigue le apunta a la garganta. Porque uno tras otro se le rompen los castillos, con foso, puente levadizo y lo demás. Caen como una explosión programada al ritmo de la música de negros que le dejaron y que se le pegó. No sabe cómo detener lo que ya está en marcha. Las palabras ahora son inútiles, especialmente los ruegos. Caer de rodillas le deja raspones que no la hacen llorar. Se entretiene con otras armas ingeniosas, de las que que no sirven para defenderse, que se la llevan de la rutina. La única opción es entregarse al tiempo y lo sabe, pero se re-niega; le molesta la espera. Ya no puede esperar. No sabe hacerlo, porque la quietud la ahoga. No sabe callarse, no sabe porqué todo desaparece, no sabe que ser sumisa no es lo que le toca.
Porque el sentimiento, volverá. Lo sabe. Una y otra vez la causalidad le arma rayuelitas en las esquinas, en direcciones diferentes. Y si no las encuentra, se las busca. Encuentra mil formas de escapar de la hora muerta, de lo que debería, de lo que no está en sus libros, de lo que no alaba. Cuando se reinvente, lo sentirá otra vez. Aunque las caídas le dejen cascaritas rojas, todas las personas que lleva en sí la putean hasta que se vuelve a parar. Mil veces, en mil años, en mil almas. Todo lo que siente cambiará.

lunes, 16 de abril de 2012

Inmedicable

La costumbre de que le rompan el corazón, lo insensibiliza. Ya es sólo un trámite, un número de teléfono menos. Vuelve siempre a los mismos lugares, las mismas canciones, las mismas noches de insomnio. Los sueños cambian, a veces, un poco. Sólo un poco. La pregunta de fondo, sin embargo es siempre la misma maldita incógnita. Los días siguen, a la luz del sol todo se ve brillante, pero cuando se va, sólo el tacto lo salva. Lo salva del agujero. Su quietud es sólo una ironía, su deseo más ardiente es entrar en combustión espontánea y desaparecer. Es sólo una fase del péndulo, dice. Un momento en la hamaca en la que se queda suspendido antes de volver atrás. El cuerpo no tiene nada que ver, no. Es la cabeza, es el sueño, es el anhelo. Es el aire, es ella, es el agua, es ella, es el fuego. Fuego, sobre todo, el incendio del verano anterior, una promesa que se quedó a medio camino, un fallido, un incompleto. Tenía las manos arrugadas. Tenía los pies descalzos. Temía que lo encontrara. Temía que hubiera un más allá.

miércoles, 11 de abril de 2012

Inadecuado


A ella le molestaba su silencio. Le molestaba que actuara como si nada hubiera pasado, como si sus palabras no le hubiesen afectado. Le molestaba creer que ya no tenía ningún tipo de impacto en su vida. Por eso creció un rencor impropio en sus antebrazos, por eso se alejó de los lugares que él frecuentaba. Él no podía asimilar su rechazo, pero en ningún momento dejó que se le escapara una lágrima. Sin quererlo se cortó el pelo como a ella siempre le había gustado. Intentó jugar a consolarla desde algún lugar lejano, pero sólo logró crear un clima extraño. Ella ya no podía sostenerle la mirada, él no quiso acercarse nuevamente. Pero lo que los enloqueció al final fueron los otros cuerpos: los otros brazos que la rodearon a ella, que la atajaron del salto que había elegido; las otras manos que tomaron las de él para sostenerlo. Los otros terminaron el trabajo que habían empezado ellos mismos: el lento camino a la destrucción de los recuerdos, la mutación final, cercenaba todos los sentidos de encuentros anteriores, los volvía impuros, inestables, inválidos, inútiles sabores de un pasado que no volvería a ser. Y si se les ocurría tomarlos por asalto –los recuerdos suelen ser incontrolables- los golpeaban con toda la fuerza de las palabras que la cobardía, o quizás la cordura, no les permitió pronunciar. Pero los otros estaban ahí, eran reales, tan reales como puede ser un cuerpo en la noche, la lluvia entrando por la ventana y el olor de la tierra mojada. Nada podía cambiar eso, nada podía detener el movimiento del mundo, los nuevos caminos que recorrían, los objetos diferentes que los rodeaban, las pieles tibias que rozaban en sábanas desconocidas. Todo parecía flamante en medio de una flameante historia que los envolvía sin aproximarse siquiera a un cierre, donde las vueltas en círculo estaban a la orden del día, donde no había jamás nada que decirse, jamás un momento de sinceridad absoluta, jamás una inhalación en calma, jamás tiempo para vaciar el dolor en el lugar debido. Sólo no había tiempo.

miércoles, 21 de marzo de 2012

Inmutable

Ella deseaba secretamente que le doliera su silencio. Él se escondió en agendas apretadas. Ella tenía a su pesar, complejo de princesa en apuros. Él siempre se había comportado como un caballero, aunque deseaba exactamente lo contrario. Quizás no fuese una coincidencia que el día en que se miraron por primera vez, se desatara una tormenta. Quizás no fuese coincidencia que aún sin confiar en su pont-des-arts, siguieran cruzándose en lugares insólitos. Quizás sólo eran ellos dos que buscaban la literariedad en todo, porque en el fondo sólo deseaban saber que había algo más allá. Julio los había poseído en acaloradas discusiones por una época en la que al sentarse en las plazas los árboles les hacían llover florcitas mientras reían inventando monstruosos secarropas que se alimentaban de medias, buscando motivos estúpidos para realizar marchas y otras escenas inexplicables. Ahora ni eso los consolaba, ya no era suficiente. Nada era suficiente después de la caída en la nada. Ambos necesitaban mutar, y ninguno sabía cómo hacerlo. No sabían cómo buscar la mirada del otro ni apoderarse de ella. No podían intercambiar sus vidas –más de una vez habían hablado sobre- ni seguir enredados en la presencia del otro que se disolvía en entresueños. Ella creía que su vida estaba en una pausa en la que sus emociones se habían congelado. Él afirmaba que la pausa en su vida había sido ella –la única que lo invitó a salir del tiempo. Ella seguía gritándole al mimo y esperando su respuesta, aunque no quería que mirara más allá, que conociera sus oscuridades. Él temía que ella cambiara sus intereses, que lo obligara a cambiar su deseo por el suyo. Por eso, ella cambió todo lo que quiso. Por eso, él no cambió nada. Y cuando volvieron a acercarse lentamente, con miedo a un ataque sorpresa, descubrieron que sus deseos habían mutado. Que el punto de inflexión seguía siendo el mismo, pero lo que antes apuntaba al norte ahora lo hacía hacia el oeste. Las ironías estaban a la orden del día: aunque las vieran, no las nombraban. Ella, de tanto moverse, se había transformado exactamente en eso que él deseaba, sin quererlo. Él había encontrado la necesidad de arreglar lo que ella le reprochaba, pero había perdido el motivo para hacerlo. No se reconocieron, ni en las palabras ni en los gestos; aunque la pared invisible estuviera ahí, ninguno de los dos quiso derribarla: se limitaron a mirarse tristemente, pensando que ni aunque se admiraran como estrategas, sus huracanes tomarían el mismo rumbo.

viernes, 9 de marzo de 2012

Inexpugnable


Las torres de marfil crecieron hasta asemejarse a Babel; realmente sus lenguas habían cambiado, tanto que se sintieron traicionados. Los atrapó la sensación de haber vivido un sueño, una illusio que sólo existía en sus cabezas. La seducción los había atravesado con las palabras, los cuerpos siempre habían sido parte de algo obvio y secundario. Las consumaciones tácitas los alcanzaron incluso antes de que se supieran hundidos en un deseo ineludible. Ese mismo deseo estaba ahora atrapado entre mareas frías, en un pozo al que ninguno quería asomarse. Lo abandonaron sin saber porqué, sin tener una razón certera. Si hubieran tratado de explicarlo sólo habrían creado más confusión, o incluso se habrían lastimado intentando mostrar un sentimiento incomprensible. Ella quiso frasearlo más de una vez. Él supo enseguida que no había forma de lograrlo. No los rodeaba el silencio, pero el ruido de fondo era una constante que, ineludible, los dejaba al borde de las lágrimas en los días que todo se movía en la dirección contraria. Ella caminaba sin mirar a su alrededor. Él viajaba sin importarle el destino. Ambos siguieron inventando juegos. El otoño hizo que todo cayera. Ella decidió cambiar de imagen para no ser agua de foso. Él siguió siendo un caballero demasiado tímido –y quizás escondiera cierto temor a un rechazo, a un arrepentimiento-. No sabían cómo trepar las murallas propias, mucho menos las del otro. Temían ser invasivos y por eso cayeron en figuras apáticas y desinteresadas. Ella quería hablarle, pero temía sentir que su voz era inútil; por eso en sueños gritaba. Él pensó que era su culpa, que su falta de acciones lo había mostrado como un glaciar frente al calor de una fogata, y que por eso era mejor callar, antes que seguir hiriéndola. Se cruzaron en una fiesta, una noche de manos frías y amigos ebrios. Ambos pretendieron no conocerse, a pesar de las miradas sorpresivas que les dirigieron algunos. No pudieron encontrarse más allá de las bufandas y otra vez se balancearon sobre cuerdas y andamios flojos. Los puentes estaban cerrados, los gestos de cariño nunca habían sido suficientes para el amor. Ambos tomaron el camino de vuelta más rápido a la soledad: decidieron, en el mismo instante, que era demasiado trabajo intentar, que el riesgo no valía la recompensa. Los barquitos en la tormenta se alejaron de los faros, pensamientos adentro, sin puertos amigables que los recibieran –con los brazos abiertos- a la vista.

domingo, 4 de marzo de 2012

Insensible

Se alejaron. Ella decidió probar otros cuerpos, él otros hoteles. El tiempo pasó muy rápido, inventaron ceremonias de interior con otras intenciones. Se extrañaban, pero el vacío que había crecido en sus cuentas de mail no los aterraba, sólo los dejaba en la nada, en el agujero de lo inevitable. Las formas de sus rostros empezaron a volverse borrosas, a encontrarse en la calle, en un recuerdo sin luz. La tensión de creerse más de lo que en realidad eran los había dejado exhaustos para seguir arrojándose cuerdas al otro lado del puente. Cayeron, como mil veces lo habían hecho, en sí mismos, en la rutina de los días indiferenciables. La conversación interminable se cortó sin que ellos lo desearan. Ella encontró suficiente tiempo para deshacerse de viejos papeles. Él se lastimó una mano en una mudanza ajena, y se aburrió en la sala de espera de un hospital. Le molestaba la falta de una sonrisa, pero no quería reconocerlo. Ella huía de todo lo que le llevaba a él. Ambos dejaron de sentir el abrazo invisible que alguna vez los había unido, ese abrazo que era fuerte y agradable y tal vez llevaba un poco de desesperación. Las imágenes que antes los asaltaban desaparecieron entre obligaciones, números, colectivos y multitudes imparables. Era fácil distraerse de lunes a viernes, y dormir de corrido los otros dos días para no pensarse. Ella anhelaba que creciera algo nuevo, algo diferente. Él veía caer rayos y cerraba los ojos en espera de un ruido que lo estremeciera hasta la médula. Él se cerró a las palabras, ella se abrió por completo a la tinta, tanto, que se empapó los vestidos, mientras él daba caminatas bajo la lluvia. Ninguno quiso llorar. Ninguno quiso escuchar los viejos nombres. Los arrinconó el silencio.





miércoles, 29 de febrero de 2012

Impensable

Él ya no quería más planteos. Ella no quería más ilusiones estructuradas. Los dos sabían precisamente lo que no buscaban. Sus caminos se cruzaban cuando no había más opciones, cuando era inevitable el desvío, los colectivos, la lluvia y ese extraño viento norte. Entonces los juegos comenzaban, porque era tan fácil retomar desde la vez anterior, porque ninguno de los dos dejaba escapar un detalle. Medían sus palabras con reglas milimétricas, cada una se hilaba a otra que se había pronunciado años atrás. Sólo eran unos enfermos, quizás. O le daban demasiada importancia a los sonidos. Ella lo llamó "ladrón" y él se asustó, aunque la sonrisa burlona que acompañaba a la acusación fuera evidente. Él le dijo que no lo conocía, y a ella se le congeló la cara. Tenían mil nombres para cada uno, mil maneras de llamarse. Él nunca la había visto bailar. Ella no tenía ni una foto de él. Les hubiera encantado meterse en los pensamientos del otro, para desordenarlos, para perder las reglas y probar si fuera posible un comienzo tal cual sucedió antes, en un mar azaroso, donde cualquiera podría haber huído sin dejar rastros.
Una sola vez discutieron, y sus atípicos insultos cayeron sobre sus ojos sin manuales explicativos. Pero se encontraron las perras negras en la arena, y en lugar de destrozarse los colmillos, agacharon la cabeza sin siquiera vislumbrar lo que habían causado. Se lamieron las heridas mutuamente, admitiendo que había demasiado que no comprendían. Y así se dejaron ir, molestos y ansiosos por todo aquello que no podían pronunciar porque no tenía nombre, porque les dolía y no podían acercarse a través de los límites. Sólo en sueños lo habían logrado, en noches de luna llena, asfixia de verano y soledad de auriculares. Siempre se quedaban con el vacío entre ellos, el gusto a poco en la boca y en el estómago, la sensación de que en cualquier momento alguien los pellizcaría para sacarlos de las tierras de Morfeo y serían violentamente arrojados a una oscuridad donde no pudieran volver a consolarse jamás. Ella le prometió que siempre lo recibiría con una sonrisa, aunque su alma intentara incendiarse. Él le prometió que jamás sería violento, aunque se sintiera frustrado. Tenían tantos secretos como era posible, tantos miedos como pesadillas, tantas dudas como temblores sísmicos. Y no se amaban.

lunes, 27 de febrero de 2012

Inalcanzable

Él la recorría con sus palabras, pero ella no dejaba de boquear. "Calláte", quería decirle él. "Callate, que no puedo escuchar tu corazón". Pero la dejó seguir, sin interrumpirla. Lo que él quería era sentirla más cerca, sin que ella volteara la mirada, sin que se le escapara como otras veces. Ya la había visto así, ya había visto cómo le temblaban las piernas, cómo se mordía los labios. Ya le había hecho pedidos inútiles, que ella no respondía más que con un "ok". Le molestaba un poco su vocecita aguda, su torpeza. La ignoraba, la desconocía, excepto cuando apoyaba su boca en la suya. En esos instantes de silencio creía que el mundo se iba a detener, que la costumbre tenía que lograr que se derrumbara un pedazo de cielo. A ella no le importaba la costumbre. Sólo sabía que tenía enfrente un enigma que no podía resolver con palabras, y eso la llevaba a la exasperación. Cuando no pudo jugar, se enojó, y quiso patear latas, apuñalar paredes, puñetear vidrios. Él la veía tan ambiciosa, tan porfiada, tan terca. Ella no quería saber nada de esperas ni tiempos muertos. Creía que ya había esperado demasiado.
Eran dos egos revolcándose en sus ilusiones. Cuando ella reía, él no entendía. Cuando él cerraba los ojos, ella creía que no la quería ver. Cuando ella lo miraba fijamente, él imaginaba lo peor. Cuando él la desafiaba, ella se paralizaba. Seguían jugando sin saber qué buscaban. Ella se arrepentía de dejarlo ir con las manos vacías, pero no sabía usar otra disculpa más que "perdón". Él la observaba y no podía dejar de asociar su cara de nena, su cuerpo de nena con su inexperiencia, su inmadurez. Él deseaba tener algo que ella jamás le daría, ella deseaba lo que él no quería darle.
Era necesario preguntarse si la lluvia no borraría las manos, si los truenos no cercarían el placer, si los relámpagos no esconderían los recuerdos de las palabras susurradas al oído. Era necesario, porque seguirían buscándose el uno al otro durante años, sin conocer la razón, sin poseerse por completo. Pasarían los meses y ellos seguirían la misma conversación interminable, el mismo acto indescifrable, a pesar de los códigos y las estocadas con zapatillas en la calle y los paraguas ridículos y las canciones que cantaban al unísono.

lunes, 13 de febrero de 2012

Imposible

El final del verano estaba tan cerca, a sólo unas semanas. A ella le daba miedo: el invierno amenazante traía a soledad de la mano. A él no podía importarle menos. Ella soñaba que discutía con sus amantes, que todo llegaba a su fin, que el cambio era inevitable (y sería doloroso). Él se alejaba de lo que pudiera implicar un movimiento: todo debía permanecer tal y como era, a pesar del cambio de temperatura. Ninguno de los dos se hubiera atrevido a confesarlo, pero la ansiedad los carcomía por dentro. Sus silencios tenían significados totalmente distintos. Ella soñó con un cielo apocalíptico, plagado de soles que estallaban en medio de la inmensidad, y quedó extasiada. Él soñó con ella, que soñaba su cielo apocalíptico. Ella entendió lo que significaban las imágenes. Él se olvidó en unas horas de lo que había visto por la noche. No se conocían, realmente. Las palabras nunca habían sido suficiente, ni las fotos, ni los videos. Habían compartido camas, desayunos, libros, música, catarsis en grupo, y aún así, no podían alcanzarse. Ella lo sabía, y le dolía. Él quizás lo intuyó en una mirada, pero decidió no creerlo. Siguieron mirándose al espejo mientras el verano se terminaba, sin que sus manos se tocaran, sin que ella consiguiera sus respuestas, sin que él concibiera otra posibilidad, sin amor, sin dolor, sin dulzura, sin crueldad. Nada.

sábado, 21 de enero de 2012

Inconcluso

Él la miraba de lejos,
ella no lo habìa visto.
Todavía había tiempo
para huir de un vacío
pero él decidió quedarse,
tal vez lo sorprendiera:
no fuera la niña que suponía,
no fuera la imagen que creaba.
Los clichés no habían servido,
algo en él no quería ceder
al juego que aún no comenzó;
la sintió consciente de sí,
como cualquier otra coqueta
atenta al perseguidor.
Pero no alcanzaron sus ojos
bajos, se negaban a ver
corazones, cuerpos desparramados
sin razón más que el placer.
Se sentían ineptos,
se sentían inconscientes;
él temía su juicio
ella evitaba encontrarlo.
Se alejaban del deseo
para no develar jamás
sus verdaderos nombres.