miércoles, 4 de julio de 2012
Colectivo (invierno)
La luna estaba increíble esa noche. Tenía un color anaranjado con destellos rojizos que nos tenía embobadas mientras la mirábamos por la ventanilla del colectivo. Me corrí de mi asiento para apoyar mi cabeza en tu hombro y que me abrazaras. Volvíamos de la casa de tu viejo, era la primera vez que nos veía juntas y yo estaba un poco desanimada porque creía no haber causado una buena impresión. Pero ninguna de las dos dijo una palabra durante todo el viaje, que se hizo un poco más largo de lo usual; el tiempo se alargaba y la luna se agrandaba, más y más. Parecía que quería decirnos algo, que le dolía alguna parte, que estaba sangrando y necesitaba una curita. Deseé que ese recorrido por la autopista no se terminara nunca, que siguiéramos toda la noche abrazadas frente a ese cielo que se nos venía encima a cada rato, para quedarme escuchando tu respiración y la mía perfectamente al unísono, porque entre nosotras siempre funcionó mejor el silencio, porque en ese momento estábamos suspendidas entre nuestro propio tiempo líquido y el asiento tapizado de gris. Pero ayer te crucé en la calle y corriste la mirada para no saludarme.
Ventana (otoño)
La lluvia se volvió más y más frecuente desde que nos encontramos. Recuerdo miles de detalles de esa noche de otoño en la que el aire tibio -mejor dicho, la falta de él- antes de la tormenta se nos volvió insoportable. Mirábamos una película de fantasmas, y me levanté de la cama, desnuda, para apoyarme en la ventana abierta a buscar un poco de alivio. No había ninguna luz prendida en nuestro cuarto: sólo el reflejo de la tele, y la luz de mercurio de la vereda de enfrente que daba de lleno en mi cara. No te levantaste conmigo, simplemente te quedaste en la cama con tu cigarro, apoyada en mil almohadas. Pude sentir cómo me recorrías la espalda con la vista al mismo tiempo que caían las primeras gotas. Me sonreí: era uno de esos instantes en los que la costumbre se resquebraja desde adentro, porque la lluvia, vos y la luz de mercurio estaban ahí, todas atravesándome. Me gusta ese recuerdo. Me gusta pensar que no te olvidaste de ese aire cálido. Pero hoy soy sólo la silueta en la ventana que alguna vez te sonrió.
domingo, 24 de junio de 2012
Inasible
Ella se
compró un gato y sus reacciones se volvieron más instintivas. La planta que él
le había regalado –la de las flores color naranja-, murió devorada por tres
orugas horrorosas. Él jamás se enteró de que la tiró a la basura. No se enteró
de nada más, porque no lo deseaba: en algún punto sabía que sus sentimientos
por ella se habían retorcido en una maraña de resentimiento, envidia y tardes
imposibles. Ella se imaginó que él había tirado todas sus cartas, y no pudo
contener una lágrima. La muerte de las palabras siempre la había entristecido.
Al final entendió que la ira era un motor poderoso, pero imposible de mantener
a largo plazo. Él se arrojó a la rutina que siempre había odiado, de cabeza y
sin pensarlo, porque no había otra opción. Y así empezó a mostrar a los dientes
ante la menor turbulencia. La música ya no lograba calmarlo, sólo en soledad y
silencio escuchaba su propio latir. Hubiera querido arrancarse de encima la
duda de lo que podría haber sido; ella lo deseaba también.
viernes, 15 de junio de 2012
Movimiento continuo
Vos hamaca,
yo tobogán,
tan diferentemente
iguales.
Levito en tu música,
Levito en tu música,
nadás en
mis palabras.
Lo que gestás
en sueños
es lo que escondo.
(Tu tranquilidad
en el camino,
mi apuro
hacia las metas.
Tu alma
quiere viajar,
la mía
desea estar aquí.)
No te dejaré
caer
entre plurales
indecisos.
Sólo en
verso y bailes,
deseo poseerte sin posesión.
deseo poseerte sin posesión.
Entintarte cada
vez
sin pedir nunca
de más.
Transición
pura.
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