jueves, 22 de noviembre de 2012

Vacío

Cuando se despertó esa mañana, instantáneamente supo que le faltaba el estómago. Se había ido a dormir con un cuerpo completo y ahora le faltaba un órgano. ¿Qué tenía que hacer? Se vistió despacito por las dudas, aunque no le dolía nada, y enfiló para el hospital. Cómo se los iba a explicar, pensaba, pero le preocupaba más el porqué. Cuatro cuadras, nomás, hasta que entró a la guardia con semejante cara de susto que la chica detrás del mostrador lo hizo pasar en quince minutos a una salita blanca con una camilla pequeña. Cuando apareció un muchacho jovencito con una bata también blanca, se lo dijo en un susurro: "No tengo estómago." El joven se paralizó y lo miró fijamente a los ojos, tratando de descubrir si esas palabras tenían algo de veracidad o si ya tenía que ir a decirle a la enfermera que llamara a los de psiquiatría,  que había caído otro loco de ésos de los viernes. "Me falta el estómago" repitió en un tono más severo, tratando de imprimir algo de fuerza en esas palabras que marcaban lo imposible. El joven al fin sonrió. "sí señor, enseguida llamo a la enfermera para que empiece con los estudios" le contestó tranquilamente, confiando en el próximo diagnóstico de alguna patología mental.
Pero casi como por casualidad estaba de guardia esa noche Carla, la chica alegre que había trabajado con él en el restaurant durante pocos meses, y que se había recibido de enfermera poco tiempo despuès de que cayera bromatología y mandara al dueño a la cárcel; la vio por un resquicio de la puerta y pidió hablar con ella. Se sintió aliviado cuando la vio entrar: su historia quizás fuese ahora tomada en serio, y pudieran al menos ayudarle a pasar la noche. Ella pareció interesarse, no demasiado: claramente ofreció una salida liviana, el estrés y que María lo dejara una semana atrás podían llevarlo a somatizar tan fácilmente, hoy en día todos tenemos estas recaídas y vos sabés. Como no podía dejarlo pasar, por las dudas le hizo una receta para una ecografía, no porque creyera que fuesen a encontrar algo pero quizás una úlcera, algo que justificara ese sentir.
El que sí quedó boquiabierto fue el ecografista, cuando el martes a las seis de la tarde se sentó en su banqueta esperando que se hicieran las ocho para irse a casa porque su mujer le había prometido cocinar lasagna, y en vez de un estómago ulceroso se encontró con el vacío. Sí, literalmente, un vacío en medio del cuerpo, como si estuviera mirando a un paciente que espera un transplante, sólo que éste estaba aparentemente sano y moviéndose por el frío que le causaba el gel en la panza. Un horror, una mutación horrible de la naturaleza, pensó, aunque en cuestión de segundos se le ocurrió que podría escribir un artículo sobre este hombre si se le asignara el caso; el hospital ganaría fama y él se llenaría de dinero. Se le llenó la boca de agua al mismo tiempo que se acordaba de la lasagna y firmaba una orden para la internación urgente del paciente 225: "El hombre sin estómago" titularía el diario del jueves, y él orgulloso daría entrevistas para confirmar el hallazgo, como si ese cuerpo no tuviera un dueño pensante y fuese una especie nueva que había que catalogar.
Nada de lo que estaba pasando era su elección: mejor dicho, había sido elección de su estómago irse, y èl no habìa podido impedirlo, ni siquiera averiguar las causas. Sospechaba que tenìa algo que ver con la olla de carne podrida que encontró detrás de las botellas de gaseosa. El estado de putrefacción era tal que el olor inundó la casa como una ola que ni siquiera el gato del vecino pudo esquivar. El vómito lo atravesó apenas intentó sacar la bolsa al basurero de la calle. Las náuseas lo invadieron hasta muy entrada la noche, suficiente como para causarle pesadillas, a pesar de los doce sahumerios que prendió en un intento desesperado por olvidar lo que había visto (y que lo hicieron estornudar sin control, y también soñar con un mundo pudriéndose entre asquerosidades animales y humanas). Pero no le parecía suficiente para que un estómago quisiera fugarse: lo había maltratado en ocasiones anteriores y jamàs habìa escuchado de algo semejante.

(Continuarà)

lunes, 19 de noviembre de 2012

Eleonora

Ella sigue creciendo en mi inconsciente. Qué me importa entonces la paranoia de los viernes, el estrés y las pastillas, si en cada sueño que pueda se me va a aparecer. No comprendo qué es lo que busca de mì. Bueno, en realidad sí lo sé, pero no tengo ganas de admitírselo, porque con esa sonrisa de pìcara, que claramente copió de vos, me puede sacar hasta las ganas de levantarme. No me agrada que me invadan los sueños, pero ella no me pide permiso. La amé desde siempre, y sigue volviendo sólo por eso. Sigue apareciendo una y otra vez, intermitentemente, con sus cintas blancas en el pelo, caminando siempre delante de mí. Y vos a mi lado, claro, porque a ninguno se le daría por correrla: estamos demasiado ocupados mirándonos a los ojos como para prestarle atención y lo sabe, se aprovecha de eso, corre, canta, nos rodea y sigue viaje. Como un monstruito burlón, surgiendo de un pasado infantil, de la revancha de este tiempo muerto, inexistente fantasma viene a patearme el deseo, a desafiarme con un berrinche. No eres real, Eleonora: tú lo sabes y yo también. Déjame descansar hoy, y mañana, y los próximos cinco años: quizás entonces te dé una cita con mi terapeuta, sólo una, para que las palabras pronunciadas a la luz del diván te empujen hacia un lado u otro de una vez por todas.

lunes, 10 de septiembre de 2012

(fr) agile

 Lucas se piensa un boludo, un boludo por dejarse ser tan vulnerable. Concluye que debería ser más cuidadoso con lo que le pide al universo; él quiso un huracán y se lo trajeron. Ahora está agarrado de un poste de luz tratando de que no se le salgan las zapatillas. Era más fácil patear piedras, y quejarse de ellas.
Sólo Chopin podría calmarlo un poco, después del choque de temporalidades arbitrarias que lo tuvo lloriqueando todo el día, aparte del viento en contra, claro. Pero cómo calzarse los auriculares cuando la lluvia lo punza tan fuerte que apenas puede abrir los ojos; el mp3 estará en su bolsillo, si es que no se lo llevaron las aguas ya. Aparentemente algún otro idiota habrá pedido la luna (seguro para regalársela a una amante infiel, que no la supo apreciar) y el universo decidió cumplirles a ambos el deseo, porque la oleada está cada vez más cerca de arrastrarlo, de resbalarle las manos, de dejarle en claro que es un boludo por haber deseado algo tan destructivo. Podría haber buscado un punto medio, pero no: había demasiados paralelismos rondándolo, y no tuvo mejor idea que ponerse en extremista y enfrentar el movimiento de frente, así con toda la jeta, a pesar de no saber nadar, ni qué hacer en caso de una catástrofe natural. Mira los pedazos de árboles que pasan flotando entre sus piernas, de vez en cuando alguna cafetera, una muñeca rota. No hay nada que pueda hacer, se queda ahí aferrado al poste como si lo hubieran atado con correa, esperando que pase algún amable señor en bote y le ofrezca un café, o un licor al menos, porque se le están enfriando los pies y no sea cosa que pesque un resfrío, después los baños de vapor por la fiebre, no sea cosa que.

http://www.youtube.com/watch?v=MPvS0g2papI

lunes, 3 de septiembre de 2012

Gestación

Ser sólo un cuerpo
Yaciendo a tu lado.
Una imagen extraña
Sin pensamiento. 

Nueve meses de histeria y parimos ésto. Miradas fijas en un rostro que no es más que otra cara del dodecaedro. Me invitaste a probarme tus espejos, y lo hice: tan humana me sentí, tan pequeña, tan palabra vacía. Aunque no sea sólo la noche, desconozco la oscuridad en tus marcas. Y si necesito encontrar tu música para conocerte, ¿dónde la encuentro?. ¿Cómo dejar de recordar tu aliento en mi espalda, si tus dedos se sintieron como agujas en mis venas enloquecidas? Si sos un alquimista de pensamientos, ¿cómo evitar que tus mordidas -dulzura asesina- me atraviesen la piel y la mente? Destrozaré este cuerpo para recomenzar otro, sin promesas, transmutación que requiera de tu intervención física, no tu juicio; tus anomalías lingüísticas incitándome a literaturizarlo todo, hasta el fuego que abandonaste acá sobre mi ombligo. 



El error era vivir el amor con culpa.